La
locura puede ser vista desde muchas perspectivas. Como una afección del
individuo, como un problema social, como una salida artística o como una
consecuencia vital, por nombrar algunas. En lo personal considero que podría ser
una unión de todas estas la que nos permita acercarnos a la cuestión de la
locura. Sin embargo, me interesa aclarar que en la presente disertación
intentaré alejarme de la concepción de la ‘locura Siglo XXI’ −ligada necesariamente
a la psiquiatría moderna− para
mantenerme en el plano de la ‘locura Siglo XVI’ que es presentada por Michel
Foucault en “Historia de la Locura en la Época Clásica”.
Diría
el mismo Foucault «para hablar de la locura habría que tener el talento de un
poeta». En este orden de ideas, me referiré a la
locura como en una obra de teatro, como una persecución. Históricamente la
sociedad se valía de una concepción de locura un poco distorsionada, razón por
la cual loco era todo aquel que se saliera de las convenciones dispuestas por
la misma sociedad. En el Hospital General −que fue uno de los primeros centros
de reclusión− entraban indigentes, prostitutas y leprosos juzgados de
a-normales. El asilo surgía por la necesidad de individualizar al potencial
sujeto loco y determinar el carácter propio de sus reacciones. Se decía
entonces, que la consciencia del sujeto loco no se había perdido sino que se
había adormecido: “en la locura la naturaleza es olvidada, no suprimida”
(Foucault, 2002).
Imaginemos
ahora lo siguiente: se abre el telón y escuchamos un fuerte estruendo que
domina el lugar y se superpone a los múltiples aplausos del público que
considera, asombrado, el ruido como
parte de la obra. Pensemos que eso es la locura. Un estruendo que rompe con la
estructura convencional de una malla social dominada por, podría decirse,
ciertas normas de comportamiento. Sin embargo, y desafortunadamente para
quienes gustamos de las sorpresas del teatro, los esfuerzos de la malla social
están lejos de ser positivos para la
situación del loco. La locura debe ser normalizada, de modo tal que se logre
una armonía en la estructura social, una suerte de mecanismo por medio del cual
es posible, de alguna manera, predecir el orden de una relación de poder.
Jacques
Rancière se basará en un pasaje del Libro I de “La Política” de Aristóteles
para sostener su teoría del discurso y el ruido, teoría que me interesa señalar
a grandes rasgos por su vecindad con la concepción de la locura que me he
dispuesto a presentar: hay una distinción entre logos y phone. El logos es la
palabra razonada y articulada propia del ser humano mientras que la phone es
simplemente el ruido que pueden emitir los animales. La distinción entre
discurso y ruido sigue esta idea Aristotélica: en toda malla social los
acuerdos se gestionan desde un discurso que usualmente es el hegemónico; todo
aquello que perturbe ese discurso es considerado ruido y, por lo tanto, ha de
ser eliminado.
Con
esto en mente, la locura se aleja de un problema de patologías o de identificación
del ‘enfermo mental’ y pasa a ser concebida como ruido. La locura es ahora un
contra movimiento que se da en oposición al discurso convencional, es decir,
que si seguimos en medio de la obra de teatro la locura es eso que rompe con la
actuación plana del artista pero que al mismo tiempo es difícil de comprender
por parte del espectador que desde el silencio exige que ese ruido sea puesto
en orden.
Y
entonces comienza la persecución. La reacción del público ante el ruido crea la
necesidad de eliminación, pero es una eliminación parcial dado que en realidad
la pretensión siempre está ligada a
reformar, a cambiar eso que hace que el sujeto actúe de cierta y
determinada manera. En un esfuerzo por callar el ruido, por convertir el ruido
en discurso, aparecen los asilos. Sin embargo, entre el ruido y los asilos hay
una persecución.
La
persecución comienza con juicio y se concreta en la alienación, un juicio de
valor bastante alejado de la imparcialidad dado que nos vemos obligados a
pensar que el público de la obra −la sociedad− es directamente lo contrario a
la locura, luego están la capacidad de juzgar a cualquiera como loco. Como ya
lo dije, la persecución se concreta en la alienación que pretende normalizar,
pero todo esto no es más que un mecanismo de sometimiento.
Ken
Kesey en “Alguien voló sobre el nido del cuco” presenta un gran ejemplo de ese
sometimiento que se da en los asilos, pero además de las condiciones mentales de quien intenta normalizar al a-normal. La
figura de ‘La Gran Enfermera’ es quizás el ejemplo perfecto, ya que en medio
del asilo se evidencia su afán de sometimiento del mundo interno −del mundo del
loco− y del mundo externo, casi como una conducta neurótica.
Entonces,
¿cómo sabemos quién es el loco? “La locura es estar al otro lado de la
frontera, aunque a la locura no hay que contraponerle la razón, sino el sentido
común, que es lo que el enfermo mental cuestiona y debilita. La locura tiene
sus propias razones… ” (Ruiz, 2005). Aun
nos resulta confuso descubrir dentro del estruendo en el escenario quién causa
el ruido y nos preocupa porque el ruido perturba.
Nos
sirve en el teatro y en el escenario. Nos sirve saber que el ruido perturba
porque lo tenemos cerca y sabemos que debemos atender a algo que va a pasar
frente a nosotros y no sabemos es. Pero, ¿podemos decir lo mismo de la
sociedad? Y frente a esto considero que puedo hacerme una última pregunta: ¿Qué
es eso tan perturbador que tiene el loco que hace que una malla social concrete
mecanismos complejos para aislarlo en un intento de normalizarlo?
Vale
la pena decir, finalmente, que la locura no es otra cosa que todo eso que el
hombre se ha esforzado por ocultar como producto
de la persecución. El hombre como resultado de las mismas dinámicas sociales −
del lenguaje− reconoce un modo de ser y un cierto orden establecido que de alguna manera se ve obligado a seguir. La
malla social se esfuerza por normalizar todos esos movimientos sordos −como me gustaría denominarlos− todas esas
formas de ser que no encajan de manera adecuada en ese orden establecido. No sé
en este punto quién está más loco: si
quien normaliza o quien es objeto de normalización, razón por la cual creo que Foucault
afirma «que la locura no está en el hombre, está en la sociedad». Así se cierra el telón, por ahora.
(Mi primer pequeño e ingenuo artículo para una revista)
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