sábado, 12 de enero de 2013

Ruido.


La locura puede ser vista desde muchas perspectivas. Como una afección del individuo, como un problema social, como una salida artística o como una consecuencia vital, por nombrar algunas. En lo personal considero que podría ser una unión de todas estas la que nos permita acercarnos a la cuestión de la locura. Sin embargo, me interesa aclarar que en la presente disertación intentaré alejarme de la concepción de la ‘locura Siglo XXI’ −ligada necesariamente a la psiquiatría moderna−  para mantenerme en el plano de la ‘locura Siglo XVI’ que es presentada por Michel Foucault en “Historia de la Locura en la Época Clásica”.
Diría el mismo Foucault «para hablar de la locura habría que tener el talento de un poeta».  En este orden de ideas, me referiré a la locura como en una obra de teatro, como una persecución. Históricamente la sociedad se valía de una concepción de locura un poco distorsionada, razón por la cual loco era todo aquel que se saliera de las convenciones dispuestas por la misma sociedad. En el Hospital General −que fue uno de los primeros centros de reclusión− entraban indigentes, prostitutas y leprosos juzgados de a-normales. El asilo surgía por la necesidad de individualizar al potencial sujeto loco y determinar el carácter propio de sus reacciones. Se decía entonces, que la consciencia del sujeto loco no se había perdido sino que se había adormecido: “en la locura la naturaleza es olvidada, no suprimida” (Foucault, 2002).
Imaginemos ahora lo siguiente: se abre el telón y escuchamos un fuerte estruendo que domina el lugar y se superpone a los múltiples aplausos del público que considera, asombrado, el ruido como parte de la obra. Pensemos que eso es la locura. Un estruendo que rompe con la estructura convencional de una malla social dominada por, podría decirse, ciertas normas de comportamiento. Sin embargo, y desafortunadamente para quienes gustamos de las sorpresas del teatro, los esfuerzos de la malla social están lejos de ser positivos para la situación del loco. La locura debe ser normalizada, de modo tal que se logre una armonía en la estructura social, una suerte de mecanismo por medio del cual es posible, de alguna manera, predecir el orden de una relación de poder.
Jacques Rancière se basará en un pasaje del Libro I de “La Política” de Aristóteles para sostener su teoría del discurso y el ruido, teoría que me interesa señalar a grandes rasgos por su vecindad con la concepción de la locura que me he dispuesto a presentar: hay una distinción entre logos y phone. El logos es la palabra razonada y articulada propia del ser humano mientras que la phone es simplemente el ruido que pueden emitir los animales. La distinción entre discurso y ruido sigue esta idea Aristotélica: en toda malla social los acuerdos se gestionan desde un discurso que usualmente es el hegemónico; todo aquello que perturbe ese discurso es considerado ruido y, por lo tanto, ha de ser eliminado.
Con esto en mente, la locura se aleja de un problema de patologías o de identificación del ‘enfermo mental’ y pasa a ser concebida como ruido. La locura es ahora un contra movimiento que se da en oposición al discurso convencional, es decir, que si seguimos en medio de la obra de teatro la locura es eso que rompe con la actuación plana del artista pero que al mismo tiempo es difícil de comprender por parte del espectador que desde el silencio exige que ese ruido sea puesto en orden.
Y entonces comienza la persecución. La reacción del público ante el ruido crea la necesidad de eliminación, pero es una eliminación parcial dado que en realidad la pretensión siempre está ligada a reformar, a cambiar eso que hace que el sujeto actúe de cierta y determinada manera. En un esfuerzo por callar el ruido, por convertir el ruido en discurso, aparecen los asilos. Sin embargo, entre el ruido y los asilos hay una persecución.
La persecución comienza con juicio y se concreta en la alienación, un juicio de valor bastante alejado de la imparcialidad dado que nos vemos obligados a pensar que el público de la obra −la sociedad− es directamente lo contrario a la locura, luego están la capacidad de juzgar a cualquiera como loco. Como ya lo dije, la persecución se concreta en la alienación que pretende normalizar, pero todo esto no es más que un mecanismo de sometimiento.
Ken Kesey en “Alguien voló sobre el nido del cuco” presenta un gran ejemplo de ese sometimiento que se da en los asilos, pero además de las condiciones mentales de quien intenta normalizar al a-normal. La figura de ‘La Gran Enfermera’ es quizás el ejemplo perfecto, ya que en medio del asilo se evidencia su afán de sometimiento del mundo interno −del mundo del loco− y del mundo externo, casi como una conducta neurótica.
Entonces, ¿cómo sabemos quién es el loco? “La locura es estar al otro lado de la frontera, aunque a la locura no hay que contraponerle la razón, sino el sentido común, que es lo que el enfermo mental cuestiona y debilita. La locura tiene sus propias razones… ” (Ruiz, 2005).  Aun nos resulta confuso descubrir dentro del estruendo en el escenario quién causa el ruido y nos preocupa porque el ruido perturba.
Nos sirve en el teatro y en el escenario. Nos sirve saber que el ruido perturba porque lo tenemos cerca y sabemos que debemos atender a algo que va a pasar frente a nosotros y no sabemos es. Pero, ¿podemos decir lo mismo de la sociedad? Y frente a esto considero que puedo hacerme una última pregunta: ¿Qué es eso tan perturbador que tiene el loco que hace que una malla social concrete mecanismos complejos para aislarlo en un intento de normalizarlo?
Vale la pena decir, finalmente, que la locura no es otra cosa que todo eso que el hombre se ha esforzado por ocultar  como producto de la persecución. El hombre como resultado de las mismas dinámicas sociales − del lenguaje− reconoce un modo de ser y un cierto orden establecido que de alguna manera se ve obligado a seguir. La malla social se esfuerza por normalizar todos esos movimientos sordos −como me gustaría denominarlos− todas esas formas de ser que no encajan de manera adecuada en ese orden establecido. No sé en este punto quién está más loco: si quien normaliza o quien es objeto de normalización, razón por la cual creo que Foucault afirma «que la locura no está en el hombre, está en la sociedad». Así se cierra el telón, por ahora.

(Mi primer pequeño e ingenuo artículo para una revista)

Teatralidad


Se tomó un vaso de agua, una vez más, como de costumbre ponía la mano sobre la mesa de la cocina y contaba los segundos en la mente. Aunque ésta vez parecía diferente, ya no caían las gotas por el vaso y no sentía el paso del agua por su garganta ... Y Victoria suspira por el cambio.
Cambió el sentido de sus pasos hasta llegar a su estudio, rebuscó un cigarrillo en la mesa y lo prendió. Victoria ya no extrañaba esas conversaciones que daban sensación de golpe en la pared pues eran para ella muy cotidianas. 

                                  PARAN PARAN PAN PAN, y así pasaron los minutos.
             Pongamos mucha atención para escuchar el sonido de la calle que no para de exclamar. 

Ella seguía buscando su contacto con la realidad, sus zapatos en el suelo y su mirada siguiendo el humo del cigarrillo que ya empezaba a extrañar su boca. ¡Que cursi! Estamos haciendo un absurdo porque deseamos evadir la nausea... 
... Mientras tanto caminemos.
Abrió y cerró los ojos, y notó que su pie estaba en la vía del tren. Bajo la mirada para sentirse más segura y vio su mano sujeta a otra que la empujaba a correr. Corrió, corrió y corrió. Cuando se sintió frenar, apretó rápida y amablemente la mano que la guiaba y la soltó. Son las 3:34 ya mismo. Y ya nos vamos. Un vuelo alto muñeca, uno quizás muy lento.
Nunca preguntamos, y pensamos... como deseo, como voluntad, como impulso.
... Y suspiró en su cama otra vez.


Continuó su vuelo como paloma...
600 Ml bajo el aire y que no venga ningún químico a refutar. ¡ESTOS SON LOS PERSONAJES EN MI CABEZA! Y esta es mi obra. 
                                                                         ¡SE ACABA DE ABRIR EL TELÓN!

                     El público aplaude...

 Victoria menos mal no sabes aun cual de todos nosotros eres.
                                              
                                                        ... y retumba tu cabeza.

Tengo casi un año encima, un año sin escribir. Lo divertido del asunto es que cuando me pongo en la disposición de escribir se me olvida la ubicación de las teclas y me detengo a sobrepensar cada frase, casi como si estuviera a punto de decir algo muy importante. En todo caso, he vuelto esta vez con una excusa interesante... está bien, digamos que solo con una excusa.

Tengo, quizás, un millón de cosas nuevas sobre las cuales quisiera escribir, pero he perdido de tal manera el hábito que tengo que aceptar que me da un poco de miedo reencontrarme con mis ideas escritas en una hoja blanca. Lastimosamente para mi no tengo memoria prodigiosa y es mejor que de vez en cuando abandone la cobardía y me dedique a escribir.

Hoy me acoge una palabra que en lo personal considero bellísima: performativo. Hay muchas cosas que giran en torno a esa expresión, que para mi se refiere, sobre todo, a la teatralidad. Teatralidad del discurso, por ejemplo, o de la forma como nos relacionamos con nuestro entorno inmediato. Es posible que en la vida  cotidiana dependamos profundamente de la teatralidad (no de la sobreactuación ¡ojo!) y digo es posible porque para algunos el lenguaje (entendiendo lenguaje como palabras y todo lo que se puede hacer con ellas) es suficiente cuando se tiene la intención de reproducir sensaciones, experiencias, pensamientos.

Bueno, últimamente he notado (con alegría) que probablemente el lenguaje sea absolutamente insuficiente cuando se trata de contar emociones. Es decir, no puedo ignorar que el lenguaje es bellísimo, pero no puedo negar que casi todas las veces que intento hablar sobre algo que siento, me emociona o me angustia siento la necesidad de salir corriendo a inventar una lista completa de nuevas palabras o de cambiarle el sentido a las ya existentes. Me faltan, me faltan muchísimas expresiones, exclamaciones, formas de preguntar, incluso cosas que decir. Necesito mantener el contacto con mi interlocutor para pensar que me estoy haciendo entender, saltar sobre una silla, correr en círculos, gritar onomatopeyas.

En fin, acabo esto con la sensación de "estoy muy oxidada" preferiría no volver a escribir pero debo prometérmelo, para no olvidar. Incluso se me ocurre copiar de la manera más básica a mis tan queridos e incomprendidos (por mi) dadaístas y tomar una bolsa de letras para crear palabras al azar.



PD: Hagamos un nuevo diccionario (4)