domingo, 19 de febrero de 2012

                                                    Hay que ser realmente idiota para...

Hace poco entré una clase en la que la profesora nos pidió ponernos en disposición para cambiar de teatro. Con peticiones como esa va tomando forma  la creencia casi vital que he ido moldeando poco a poco desde hace algunos años. Me he atrevido a permanecer en la ignorancia cuando se trata de comprender de manera efectiva cual es el oficio del dramaturgo (así como cuando se trata de comprender el del filósofo, por lo menos mientras pueda), la razón de esto: me he percatado de que cuando se pone de entrada un objetivo a cualquier acción - puesta en términos de "oficio"- humano nos arriesgamos a encontrarnos con decepciones innecesarias, en cualquier caso, la cuestión radica en entregarse como cuando uno está una obra de teatro: no solo desconoce el final sino también como se van a dar los acontecimientos. Y digo está, porque más que ser consumidores pasivos de lo que pasa sobre las tablas somos, eventualmente, participantes activos de la historia (eso lo sé por el grito de la mujer que está atrás mio en el teatro, o el llanto de la de adelante. Lo sé por la emoción del hombre que está en la esquina del teatro quizás reacio a creer que pueda causarle alguna emoción lo que pase allá arriba. Lo sé por el actor que baja de las tablas como quien aterriza. Lo sé, finalmente, por el aplauso desafinado al final de la obra. ) . Más arriba me dispuse a contar lo que llamé "creencia vital" (y bueno, probablemente, sea un poco exagerado, cursi e innecesario llamarlo así), intentaré poner en palabras la cuestión:                                                                                                                        Cuando la profesora nos pidió cambiar de teatro comprendí, finalmente, que me había lanzado al acontecimiento. Siempre pensé que la filosofía era, de algún modo, estar en una gran obra de teatro de pie sobre las tablas intentando recordar, reaccionar y decir mis parlamentos justo a tiempo, no hay nada más satisfactorio que darse cuenta de que es así. No sé cuando sea el momento de mis parlamentos, pero ahora sé que cuando me piden cambiar de teatro, me piden que tenga una experiencia distinta, de palabras distintas. No sé si para quienes lean esto haya mucho sentido en lo que digo, la cosa es que precisamente es un esfuerzo particular tratar de cubrir con el lenguaje un asunto que es mucho más que emocional.                       Me dejé rodear por la filosofía un día solo por el hecho de sentirme de nuevo en las tablas... y así fue.            Me permito, con el respeto de todos, alejarme de las teorías de la representación y la imagen para volver al evento más sencillo, el drama puro, la dramaturgia pura, el sentimiento primero. Luego, quizás, pueda empezar a complicar el asunto.

sábado, 18 de febrero de 2012

un, dos, tres probando.

Tuve que detenerme a pensar unos minutos cuál era mi objetivo al tomarme la molestia de empezar a publicar de la nada los pocos, quizás no tan buenos y cortos escritos con los cuales me he comprometido realmente. Pensé y pensé, la verdad ninguno de los motivos me produjo mucha satisfacción sin embargo he aprendido con el tiempo que hay varias convenciones sociales con las que también debería comprometerme solo por ver como se me dan las cosas. A ustedes, los que tengan el tiempo y la paciencia de sentarse a leer lo que pueda estar aquí publicado, les agradezco que se hayan tomado la molestia. Se encontrarán aquí con una recopilación de escritos que he hecho desde que decidí consumar mi relación con las preguntas que nadie del común se pregunta (esto si es una verborrea) hasta ahora, no les aseguro sea toda una experiencia pero procuraré que se queden pensando un rato en alguna de las ocurrencias que expondré.                                                                                               Queridísimo lector, sea usted bienvenido.